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Posted by on ago 2, 2013 | 0 comments

RISEP sus cooperativas y la comunidad Nuevo horizonte

RISEP sus cooperativas y la comunidad Nuevo horizonte

En el departamento guatemalteco de Petén tuve la oportunidad de conocer diferentes experiencias colectivas, todas en áreas rurales, vinculadas a la agricultura. El primer contacto fue la RISEP (red de intercambio solidario y ecológico de Petén). Tienen el objetivo de avanzar en la seguridad alimentaria. Primero, mediante la comercialización sin intermediarios, los aquí llamados coyotes, que compran barato a los agricultores en cada pueblo y comunidad y después venden a mayoristas. Los coyotes operan en situación ventajosa, imponen precios a los productores, son el primer eslabón del comercio injusto. Las distintas cooperativas y asociaciones de la RISEP se unen para organizar mercados y vender sus productos directamente al consumidor. La segunda estrategia central es la de impulsar la diversificación en la producción. Los promotores de desarrollo integral forman y motivan a los campesinos y cooperativas para que no solamente cultiven maíz y frijol, sino que también planten arboles frutales y madereros y hortalizas. En vez de vender el maíz para comprar el resto de alimentos, impulsan el cultivo de autoconsumo, para que los campesinos, que tienen poco, al menos tengan garantizado el plato. Además, poco a poco, se va extendiendo el cultivo ecológico, para cuidar el cuerpo y la tierra. El tercer eje son los proyectos colectivos. Un bonito ejemplo que tuve la suerte de poder visitar es la cooperativa de sembradores ecológicos en Sayaxché, que llevan ya unos años con su caja rural autogestionada y autofinanciada.

Sembradores ecológicos

En Sayaxche la vida es muy humilde. Las casas no tienen agua ni luz. Algunos sí tienen y otros no quieren, dicen que no hace falta y que no quieren pagar por ello. Sembradores ecológicos es un grupo de campesinos. Van avanzando, cada uno en su parcela, hacia el cultivo diversificado. Viven en un contexto de mucha presión por la palma africana, el cultivo de moda entre las grandes familias terratenientes. Algunos otros campesinos del pueblo, muchos, han cedido y vendido sus tierras pero ellos ven claro que si venden la tierra no tienen qué dejar a sus hijos, que es la única manera de conservar la seguridad alimentaria. También ven que si hay problemas, una situación de crisis o lo que sea, la gente de los pueblos es la que no va a tener qué comer (con pueblos se refieren a pequeñas localidades urbanas, a lo que nosotros llamaríamos pueblos, en la zona rural, ellos lo llaman comunidades). Me dicen que la palma africana, además de acaparar tierras y poner las cosas difíciles a los que no quieren vender, contamina el río, por la planta procesadora de aceite, y se mueren los peces. También me hablan de la situación generalizada del campesino que ve que sus hijos no quieren ser campesinos, no quieren la tierra, quieren estudiar y trabajar en otras cosas. Parece que una de las funciones del grupo es simplemente de apoyo mutuo, moral.

La Caja rural es uno de los proyectos de esta cooperativa. El grupo no tiene una tierra común. En cambio durante un tiempo fueron cultivando maíz en colectivo, cada vez en una parte de terreno de un miembro. Todos trabajan en ese terreno de uno de los miembros y al año siguiente en el de otro. Ahora ya no lo hacen porque dicen que ya su tierra la necesitan toda para su propio consumo. En el tiempo en que hicieron esto, vendían la cosecha y con las ganancias fueron juntando un fondo de hasta 15.000 quetzales (unos 1500 euros), con el que “sentaron” la caja rural. De ahí los socios pueden tomar préstamos al 3% de interés. Ahora, gracias a los intereses, el fondo ya es de 20.000 Q. Dicen que está bien pero no es suficiente para todos los préstamos que se piden, no se puede dar a todos los socios que quieren un préstamo. Para elegir priorizan según la necesidad el socio y también según si es más o menos activo en la cooperativa. Pero están satisfechos, aunque no llegue para todo, es una ayuda. Un clavo más al que agarrarse para no vender la tierra.

También pude viajar hasta Brisas de Chiquibul, una comunidad apartada con una cooperativa, ADIZABRIMM, que trabaja con un proyecto ganadero y dos proyectos de agricultura.

Mi última visita en Petén fue a la comunidad Nuevo Horizonte. En este pueblito la mayoría de los habitantes son antiguos guerrilleros a los que el gobierno asignó y vendió un trozo de tierra para que se establecieran, después de la firma de la paz en 1996. Desde la nada, construyeron el pueblo y empezaron a cultivar las tierras. El cultivo es la única actividad productiva individual: cada cual trabaja una parte de tierra que le corresponde pero que no posee. La tierra es de todos, de la cooperativa, y no se puede ni comprar ni vender. El resto de actividades se llevan a cabo colectivamente: el proyecto ganadero, una piscifactoría, un proyecto de deforestación que también es para madera y el proyecto de turismo solidario.

Nuevo horizonte es un ejemplo modélico del trabajo en colectivo. Cada año llegan cientos de visitantes a conocer su forma de trabajar, a ver cómo en 17 años han construido una comunidad cohesionada y sencilla donde a nadie le falta de nada. Seguramente el hecho de ser un grupo de ex-guerrilleros tiene que ver con el éxito de la cooperativa. Antes de llegar aquí a fundar su comunidad estos hombres y mujeres ya eran más que hermanos y hermanas, eran compañeros, y tenían claro que la única manera de construir su otra vida sin fusil era juntos, poniendo en práctica las ideas y los principios que los habían llevado a las montañas años antes.

Brisas de Chiquibul, en contraste, es una comunidad apartada y olvidada. Allí no llega el cable de la luz, ni del teléfono y tampoco la solidaridad internacional. Estos hombres (no hay mujeres en la cooperativa) de allá donde se terminan los caminos no tienen experiencia organizativa y mucho menos los contactos de un grupo desmobilizado al final de un conflicto. La cooperativa ADIZABRIMM solo alcanza a captar la atención de un escaso puñado de  organizaciones gubernamentales o no gubernamentales que, la mayoría de veces, tal y como llegan, se van. Emprenden un proyecto colectivo con personas que no están acostumbradas a trabajar en colectivo y que no sienten el proyecto como propio (en un país en que todo lo que era colectivo o cooperativo era guerrilla y comunismo y había que eliminarlo). Y cuando se van, el pueblo vuelve a sus tareas cotidianas y espera a ver que ofrece el siguiente que pase por allí. Se percibe cómo todos los proyectos suponen un gran desgaste, porque siempre surgen dificultades y la gente se desanima. Pero ellos siguen intentándolo, porque es la única manera de optar a que sus hijos tengan un poco más de lo han tenido ellos.

Ahora están ilusionados, sobre todo con el proyecto ganadero. Este proyecto sí que lo sienten suyo, ya llevan mucho trabajo invertido y por eso están dispuestos a sacarlo adelante sea como sea. El proyecto es colectivo porque es condición de quien financia, pero ellos dicen que así es mejor, que en grupo, cuando uno se desmoraliza, los de al lado lo re-animan. Y así siguen, intentándolo más que consiguiéndolo, con la esperanza de un día recoger los frutos del esfuerzo, como ahora lo hacen en Nuevo Horizonte.

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